02/08/2026
Hoy decidí detenerme a pensar, no en la política de un día, sino en el país que estamos construyendo.
El Ecuador no se está destruyendo únicamente por culpa de sus gobernantes; también se debilita cuando una sociedad renuncia a pensar, cambia el diálogo por el insulto, la razón por el fanatismo y los principios por la conveniencia. Nos hemos acostumbrado a vivir divididos, a odiar al que piensa distinto y a defender personas como si fueran salvadores, cuando ningún líder está por encima de la patria.
La democracia no consiste en intentar derribar a un gobierno porque no coincide con nuestra ideología. Consiste en respetar la voluntad de la mayoría, exigir resultados, fiscalizar con firmeza y, cuando llegue el momento, decidir nuevamente con el voto. Así funcionan las sociedades maduras.
Los gobiernos son, en gran medida, el reflejo de la ciudadanía que los elige. Si queremos autoridades honestas, primero debemos recuperar la honestidad; si exigimos transparencia, empecemos por practicarla; si anhelamos un país mejor, dejemos de alimentar el odio que nos divide.
Hemos normalizado que nos etiqueten, nos manipulen y nos enfrenten. Mientras discutimos entre nosotros, el verdadero desarrollo del Ecuador sigue esperando.
Nuestro país es inmensamente rico en historia, cultura, biodiversidad y gente trabajadora. Lo que nos falta no son recursos: nos falta conciencia, educación cívica, valores y sentido de nación.
El día que dejemos de actuar como hinchas de la política y empecemos a comportarnos como ciudadanos, el Ecuador cambiará de verdad. Ese día entenderemos que la patria vale más que cualquier partido, cualquier gobierno y cualquier ideología.
Menos fanatismo. Más pensamiento.
Menos odio. Más unidad.
Menos intereses personales. Más Ecuador.