08/10/2026
Yo también me lo creí. A los 22 fui a una dietista: TODO PESADO y casi sin hidratos, con la pechuga y el brócoli contado en cada comida. Si costaba, funcionaba. Así lo entendía.
Las dos primeras semanas bajé. Después me estanqué, comiendo muy poco y con hambre. Tenía ganas de todo lo que "NO ME TOCABA". Acabé dejándolo y volví al punto de partida.
Entonces no veía que el hambre física no era el único hambre que tenía. Comía por ansiedad y por aburrimiento. Y luego estaba ese bajón de las seis de la tarde que no sabía cómo gestionar. Restringir la comida dejaba todo eso sin resolver y encima lo apretaba más.
Lo entendí del todo cuando empecé a escuchar de verdad a las mujeres que llegaban a mí. DIETA TRAS DIETA, Y OTRA VEZ AL PRINCIPIO. A veces con algún kilo más. Y siempre el mismo patrón: cuanta más restricción, más ansia. Cuando "fallaban", llegaba la culpa, y con la culpa se comía más.
Lo que se puede sostener no puede doler así.
COMER BIEN NO TENDRÍA QUE SER UNA PELEA CONSTANTE CONTIGO MISMA.