16/12/2025
Tomado del muro de Yorch Pulques
Hay que crear conciencia, no existe margen para argumentar beneficio si de origen no tienen sensibilidad, conocimiento y mucho menos respeto...
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𝐋𝐨𝐬 𝐧𝐮𝐞𝐯𝐨𝐬 𝐞𝐧𝐞𝐦𝐢𝐠𝐨𝐬 𝐝𝐞𝐥 𝐩𝐮𝐞𝐛𝐥𝐨: 𝐩𝐮𝐥𝐪𝐮𝐞, 𝐬𝐢𝐦𝐮𝐥𝐚𝐜𝐢ó𝐧 𝐲 𝐥𝐚 𝐟𝐢𝐞𝐬𝐭𝐚 𝐝𝐞𝐥 𝐝𝐞𝐬𝐩𝐨𝐣𝐨
Juan O’Gorman no pintó Los enemigos del pueblo de México para señalar individuos aislados, sino para desnudar estructuras.
Su escena, aparentemente festiva, es en realidad un retrato incómodo: clases sociales reunidas alrededor de un mismo barril, compartiendo el exceso, pero no la responsabilidad ni el destino. Todos beben, pero no todos pagan el costo. O’Gorman entendió que el verdadero enemigo del pueblo no siempre se presenta con uniforme o sotana, sino con sonrisa, brindis y discurso conciliador. Hoy, décadas después, esa imagen vuelve a tener vigencia. El barril sigue ahí. El pulque también. Lo que ha mutado es el lenguaje de la apropiación.
El próximo año, con los reflectores internacionales apuntando a México, el pulque será presentado como emblema, como exotismo fermentado, como “bebida ancestral para el mundo”. Y ante esa promesa de mercado global, muchos han olido la oportunidad: vender “pulque”. No el pulque vivo, natural e historico que alimento al pueblo, sino una versión domesticada, estandarizada y rentable. “Pulque” una Tradición de escaparate.
La pregunta es inevitable: ¿𝘼 𝙦𝙪𝙞é𝙣 𝙗𝙚𝙣𝙚𝙛𝙞𝙘𝙞𝙖 𝙧𝙚𝙖𝙡𝙢𝙚𝙣𝙩𝙚 𝙦𝙪𝙚 𝙚𝙡 𝙥𝙪𝙡𝙦𝙪𝙚 𝙨𝙚𝙖 𝙫𝙞𝙨𝙩𝙤 𝙥𝙤𝙧 𝙚𝙡 𝙩𝙪𝙧𝙞𝙨𝙢𝙤 𝙞𝙣𝙩𝙚𝙧𝙣𝙖𝙘𝙞𝙤𝙣𝙖𝙡?
La respuesta incómoda es que, en muchos casos, no a quienes lo producen...
El campesino que cuida el maguey durante años, el tlachiquero que entiende los tiempos de la fermentación, las comunidades que transmiten saberes quedan fuera de la jugada y expulsados del juego. Mientras tanto, intermediarios, expendedores, “Pulquerías” y proyectos “culturales” se apropian del relato, del nombre y del margen de ganancia. El pulque se vuelve marca, experiencia, concepto. El productor y tlachiquero una anécdota decorativa o una fotografía en la pared.
Se repite el viejo argumento: “𝙚𝙨 𝙡𝙤 𝙦𝙪𝙚 𝙚𝙡 𝙘𝙤𝙣𝙨𝙪𝙢𝙞𝙙𝙤𝙧 𝙥𝙞𝙙𝙚”. Pero esa frase de poncio pilato borra responsabilidades. Porque si no hubiera una oferta diseñada para deformar el producto, no existiría esa demanda. El gusto no es inocente; se educa, se dirige, se moldea desde la oferta y el discurso. Decir que el consumidor manda es olvidar quién decide qué se pone a la venta y bajo qué narrativa.
El resultado es una transgresión profunda. El pulque se transforma en algo que ya no es: sabores alterados, recetas estandarizadas, fermentaciones forzadas, curados sin raíz ni función cultural y afectando la salud con grandes cantidades de azúcar en una sociedad enferma y con grandes tazas de diabetes. Se pierde diversidad, se pierde técnica, se pierde memoria. Lo que se gana es volumen, reflector y rentabilidad inmediata.
Paradójicamente, esto ocurre al mismo tiempo que el pulque es reconocido oficialmente, que se celebra un Día Nacional, que se habla de patrimonio y salvaguarda. Muchos se cuelgan medallas que no les corresponden, portan banderas que no sostienen, se autonombran guardianes de una tradición que no practican ni respetan. La fiesta se llena de símbolos, pero vacía de ética.
Aquí es donde la lección de O’Gorman vuelve a golpear. En su pintura, todos los personajes parecen participar del mismo ritual, pero no todos representan lo mismo. Algunos encarnan el poder, otros la simulación, otros la falsa cercanía con el pueblo. Y el pueblo real… no aparece. Está ausente, desplazado, silenciado.
Hoy, los nuevos enemigos del pueblo no siempre atacan al pulque: lo celebran. Lo promueven. Lo exhiben. Pero lo hacen sin redistribuir beneficios, sin reconocer saberes, sin garantizar condiciones justas para quienes lo mantienen vivo. Es una forma más sofisticada de despojo: festiva, rentable y bien iluminada.
Consumir pulque hoy implica una responsabilidad política y cultural. No basta con brindar. Hay que preguntar: ¿de dónde viene?, ¿quién lo produjo?, ¿a dónde va el dinero?, ¿qué territorio se esta defendiendo? Porque el beneficio puede quedarse en la metrópoli, en el lugar de “tradición”, en el espacio con mejor diseño… o puede regresar al campo, al maguey, a la comunidad.
El pulque no necesita ser salvado por el mercado global. Necesita ser respetado. Y eso empieza por reconocer que no todo lo que se sirve como tradición lo es, y que no toda celebración es, necesariamente, un acto de justicia.
Como en la obra de O’Gorman, el barril está lleno.
La pregunta es
¿𝐐𝐮𝐢é𝐧 𝐬𝐞 𝐬𝐢𝐫𝐯𝐞… 𝐲 𝐪𝐮𝐢é𝐧 𝐯𝐮𝐞𝐥𝐯𝐞 𝐚 𝐪𝐮𝐞𝐝𝐚𝐫 𝐟𝐮𝐞𝐫𝐚 𝐝𝐞𝐥 𝐜𝐮𝐚𝐝𝐫𝐨?